Psiconeuroinm…

Psiconeuroinmunología y estrés

Una de las áreas más estudiadas por la psiconeuroinmunología sobre las relaciones del sistema inmunológico y los factores psicológicos es el estrés. De hecho, los estudios sobre el efecto del estrés en el sistema inmune han permitido el conocimiento de la compleja interacción entre los sistemas nervioso, endocrino e inmunológico.

El organismo humano, ante situaciones de estrés o que afecten a funciones orgánicas, tiene mecanismos de protección para conservar la homeostasis o equilibrio corporal, mediante la activación sobre todo de los sistemas nervioso, endocrino e inmunológico.  

El sistema nervioso central, el sistema inmunológico y el sistema endocrino, actúan recíprocamente respondiendo a los estímulos opresivos de una manera coordinada, soportado por las citoquinas, los péptidos hormonales y los neurotransmisores. De tal forma que una situación estresante que altere uno de los sistemas del funcionamiento humano afecta a los demás sistemas debido a las numerosas conexiones entre la mente y el cuerpo.

Desde la Antigüedad se ha observado la asociación entre situaciones de estrés físico y psicológico con la génesis de enfermedades fundamentalmente las infecciosas, lo cual fue reconocido por Hipócrates (460-370 a.C.) al subrayar la existencia de la puesta en marcha de mecanismos fisiológicos para defendernos de las agresiones externas e hizo popular el tándem “Mens sana in corpore sano”.

El término estrés comienza a emplearse en el siglo XIV, para referirse a situaciones difíciles, adversas, de sufrimiento y negativas, etc. Pero no será hasta el siglo XIX cuando en 1857 Claude Bernard afirmó que los cambios ambientales, pueden alterar el organismo. En 1929 el neurólogo Walter Cannon reconoció que los estresores que provocan reacciones fisiológicas fruto de situaciones amenazantes o adversas podían ser físicos y/o emocionales. Cannon además advirtió, posteriormente en 1932, sobre la importancia de que la persona guarde un equilibrio interior al que denomino homeostasis y que en caso de cambios intensos se producía un reajuste a través del sistema endocrino y vegetativo.

Posteriormente, Hans Seyle, fisiólogo y médico, considerado por muchos como el padre del concepto moderno de estrés, lo definió en 1936 en el British Journal Nature el Síndrome General de Adaptación (SGA), también conocido como Ley de Seyle, como un mecanismo automático que se dispara ante cualquier situación estresante y que involucra un conjunto de reacciones que movilizan las reservas energéticas que implica una activación del eje hipotálamo-hipofísico-suprarrenal y del sistema nervioso central, que hace que el cuerpo pase por tres fases: alarma, resistencia o adaptación del organismo y agotamiento, pudiendo, si la amenaza es suficientemente severa y prolongada, producir incluso la muerte.

La mayoría de los estudios encuentran que el estrés puede alterar el sistema inmune aumentando la vulnerabilidad del organismo (procesos infecciosos, cáncer y enfermedades autoinmunitarias) fruto de vivencias de eventos vitales estresantes (McEwen, 2008; Ray, 2004; Rosenthal, 2002; Sandín, 2008; Sierra et al., 2006; entre otros).

Segerstrom y Miller (2004) sostienen que en las últimas tres décadas se han realizado más de trescientos estudios sobre el estrés y el sistema inmunológico en personas que demuestran que los retos de orden psicológico son capaces de modificar nuestro organismo provocando que el sistema inmunológico se debilite o agote contra la invasión de virus, bacterias, sustancias químicas tóxicas y priones (sustancias compuestas por aminoácidos que afectan al sistema nervioso central).

Cuando el estrés sobrepasa ciertos límites se afecta el sistema inmunológico, numerosos órganos de nuestro cuerpo, y hay una propensión a la aparición o agravamiento de enfermedades al debilitar ciertas células inmunológicas que hacen que las personas sean más susceptibles a los patógenos que causan las infecciones como el asma, la artritis reumatoide, el herpes simple, la tuberculosis, el cáncer y la progresión del VIH al sida, entre otras. De hecho, Ortega Navas (2006), afirma que el estrés es un factor de riesgo para la salud presente en todas las actividades y aunque es imprescindible a cierto nivel al potenciar capacidades como la creatividad, el sentido positivo, la capacidad de aprendizaje y la toma de decisiones, entre otras, “si se sobrepasa ese nivel por un factor estresante muy intenso o prolongado el organismo se agota, provocando las llamadas enfermedades del estrés”.

La respuesta al estrés se da a tres niveles: fisiológico (taquicardia, hipertensión, enfermedades coronarias, hiperglucemia, asma bronquial o síndrome de hiperventilación, sequedad de boca, aumento del colesterol, diuresis, etc.), cognitivo (dificultades de atención y concentración, irritabilidad, olvidos frecuentes, incapacidad para decidir, etc.) y motor (tartamudeo, temblores, contracturas musculares, tics, predisposición a accidentes, etc.). Otras alteraciones son los desequilibrios intestinales (colitis ulcerosa, úlcera péptica, aerofagia y estreñimiento), problemas dermatológicos (prurito, sudoración excesiva, dermatitis atípica, alopecia) y problemas sexuales (eyaculación precoz, impotencia, vaginismo y alteraciones del deseo). Tampoco hay que olvidar la importancia de los desequilibrios psicopatológicos, como por ejemplo, trastornos de personalidad, fobias, miedos, consumo de drogas, adiciones, trastornos del estrés postraumático, conductas obsesivas y compulsivas, estados ansiosos, cambios en el patrón del sueño, etc.

Entre las consecuencias del estrés crónico en los sistemas inmunológico, nervioso central y endocrino destacan las siguientes:

Sistema

Efectos en la salud

 

 

 

Inmunológico

 

* Actividad inmunitaria deprimida.

* Debilitación del sistema inmune: Aceleración de  procesos infecciosos, resfriados y enfermedades autoinmunes.

* Problemas en la coagulación de la sangre.

* Reactivación de enfermedades inflamatorias: dermatitis atópica y psoriasis.

* Retención incrementada de virus en los tejidos.

 

 

 

 

Nervioso

* Depresión, ansiedad, pérdida del sueño.

* Capacidades cognitivas como la memoria y la habilidad para tomar decisiones pueden verse negativamente afectadas.

* Aumento del riesgo de desarrollar infecciones del sistema nervioso central, enfermedades neurodegenerativas como la esclerosis múltiple y otras enfermedades inflamatorias.

 

 

 

Endócrino

* Aumento de azúcares y grasas en la sangre.

* Hipotiroidismo e hipertiroidismo.

* Síndrome de Cushing.

* Cambios hormonales: aumento de la secreción de catecolaminas y cortisol que tienen un efecto inmunodepresor.

* Modificación de los niveles de prolactina, hormona del crecimiento y ß endorfinas.

Por otra parte, el estrés también es necesario y positivo en el devenir de nuestras vidas a ciertos niveles, pues constituye una parte esencial de la misma. El estrés positivo supone un medio de adaptación a las situaciones diarias, un medio para la productividad, la creatividad, incrementa el estado de alerta, mejora la concentración, la toma de decisiones, lo cual nos hace sentirnos seguros y enfrentarnos mejor preparados, y en definitiva encontrarnos en una situación de mayor equilibrio ante las adversidades y enfermedades.

En resumen, las evidencias experimentales destacan que existe una relación funcional entre el estrés, la inmunidad y las enfermedades mediadas por vía de factores endocrinos, y que neutransmisores, neuropéptidos y hormonas pueden interactuar con los componentes celulares del sistema inmune.

Elaboró: Dra. Araceli Flores

Terapeuta de Sepimex.

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Autor: SEPIMEX

Servicios Psicológicos Integrales de México "Enciende tu bienestar" www.sepimex.com.mx

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